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EL “ABUELO” DE LOS COCODRILOS MODERNOS ES HALLADO EN ROCAS EN LOS ANDES DEL SUR DE CHILE

Migración en tiempos de Covid-19

Texto por Sebastián Rozadilla

Los cocodrilos vivientes son carnívoros implacables tamaño respetable que habitan lagos, ríos y costas marinas. Sin embargo, esta imagen que tenemos del aspecto y de los hábitos cocodrilianos es un pálido reflejo del esplendor y variedad que estos reptiles desplegaron en tiempos prehistóricos, desde que se originaron hace aproximadamente 190 millones de años. La evolución de los cocodrilos produjo un increíble abanico de adaptaciones que excede holgadamente a la de sus parientes actuales, incluyendo a feroces criaturas que capturaban dinosaurios, a la par de cocodrilos que se alimentaban de plantas y otros de microorganismos acuáticos. Lo interesante es que la temprana historia de los cocodrilos, acontecida durante el período Jurásico, incluyó formas que no superaron el tamaño de un gato doméstico y que su dieta muy probablemente era en base a pequeños invertebrados. Estos cocodrilos de modesto tamaño compartían el ambiente con los dinosaurios. 

En cercanías de Mallín Grande, Aysén, sur de Chile, existe un formidable yacimiento de fósiles de reptiles jurásicos con una antigüedad aproximada en 148 millones de años. El hallazgo del extraño dinosaurio herbívoro Chilesaurus diegosuarezi promovió numerosas exploraciones en esta región, lideradas por el Dr. Manuel Suárez y Rita de la Cruz, ambos del Instituto de Geología de la Universidad Andrés Bello (Santiago) y contaron con la participación del personal del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados, pertenecientes al Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (LACEV-MACN, Buenos Aires), encabezado por Fernando Novas, investigador de CONICET. 

El Chilesaurus fue “la punta del iceberg” de una fauna totalmente desconocida de reptiles jurásicos, cuyos restos aparecían empotrados en rocas de tonalidades verdosas pertenecientes a la Formación Toqui. Estas rocas asoman a unos 1.800 metros de altura, en plena cordillera de los Andes, y el acceso al yacimiento no es para nada sencillo e involucra vadear ríos muy caudalosos, peligrosos incluso para camionetas 4x4. En el ascenso se debe atravesar un denso bosque de lengas, sorteando mallines llenos de agua y vegetación. A medio camino, y en inmediaciones de un aserradero, se montó el campamento y desde allí demandaban casi 2 horas de una cabalgata empinada y extenuante hasta alcanzar el yacimiento fosilífero. En lo alto de la montaña es frecuente el mal tiempo y nevadas repentinas. “Un camino barroso en el medio de un gran bosque de lengas nos llevaba a la cima de la montaña” cuenta Sebastián Rozadilla, paleontólogo del LACEV y explorador de National Geographic. “Armamos el campamento al borde del bosque y comenzó a nevar. Pese a que la nieve sea linda y divertida, es un problema si queremos buscar fósiles, pues cubre el suelo donde nos esperan”. El clima de las montañas patagónicas es impredecible y la nieve, la lluvia, la niebla y el frio eran compañeros habituales de los paleontólogos. 

La excavación se llevó adelante en el marco de un paisaje impactante, con montañas repletas de glaciares. “Lo primero que realizamos fue generar cortes alrededor del fósil por medio de la cortadora de roca para separar éste de la roca circundante. Federico se puso a profundizar los surcos con maza y cinceles y de repente después de un fuerte golpe quiebra un fragmento de roca y me dice: “¡mirá Marcelo!¡es el cráneo!...y está hermoso” recuerda con emoción Marcelo Isasi. Los expedicionarios se pusieron de pie y se abrazaron para festejar, y llamaron al resto de los compañeros para que vieran el maravilloso descubrimiento. La campaña ya era un éxito.  

Pero no todo era fácil en la colecta de nuevos fósiles. Las rocas de la Formación Toqui son extremadamente duras por lo que debieron usar cortadoras de roca con disco diamantado, mazas y cortafierros. Una vez extraídos los bloques de roca conteniendo los fósiles, se los envolvieron con tela de arpillera y varias capas de yeso, con el fin de protegerlos durante el transporte. Fueron clave la habilidad y destreza de Eliberto Leichtle y Álvaro Saldivia, ambos baqueanos de Mallín Grande, para poder trasladar a buen resguardo los ejemplares fósiles que los paleontólogos colectaban en lo alto de la montaña. Una vez terminada la travesía, los bloques de roca fueron transportados al LACEV para su preparación y estudio. 

Burkesuchus mallingrandensis es el nombre con el que los investigadores bautizaron a este nuevo animal, y significa “el cocodrilo de Burke procedente de Mallín Grande”. “El nombre que elegimos para identificar a este nuevo cocodrilo”, explica Novas, “brinda homenaje al estadounidense Coleman Burke (1941-2020), amante de la Patagonia y apasionado por la paleontología, quien tuvo un rol fundamental en las diversas actividades de nuestro laboratorio. Coleman y su esposa Susan nos brindaron su apoyo y entusiasmo para llevar adelante exploraciones y nuevos descubrimientos paleontológicos, incluido el cocodrilo que hoy lleva su nombre”. 

El estudio de las relaciones evolutivas de Burkesuchus revela que esta especie está muy cerca del ancestro común de los cocodrilos modernos. “Tuvimos la fortuna de contar con gran parte del cráneo de este animal. Esta es la parte más importante para estudiar los cocodrilos, pues nos muestra muchos rasgos que nos ayudan a saber si se trata o no de una nueva especie, y con qué otros cocodrilos está relacionada” dice el Dr. Federico Agnolín, paleontólogo y descubridor del animal.

 

Entre todos estos grupos de cocodrilos, evolucionó la rama que daría origen a los cocodrilos que viven hoy en día, los Neosuchia, nombre que significa “nuevos cocodrilos”. El pequeño Burkesuchus está muy cerca del antepasado común de todo el resto de los Neosuchia. “Burkesuchus nos habla de los orígenes de los cocodrilos modernos y como, ya hace 150 millones de años, comenzaron a aventurarse al agua, adoptando un modo de vida anfibio”, afirma Agnolín.

 

De esta manera vemos que los hallazgos de Patagonia reafirman día a día que el sur de nuestro continente es de gran relevancia para la paleontología a nivel mundial. “Este hallazgo es fruto de la colaboración entre Chile y Argentina y va a ser de gran importancia para el conocimiento de la evolución de los cocodrilos del hemisferio sur” comenta Fernando Novas. Más aún, en los últimos años estamos observando un auge en la paleontología del mesozoico de Chile, y animales como el Chilesaurus y el Burkesuchus ayudarán a cambiar nuestro entendimiento sobre la evolución de los reptiles que dominaron la Tierra en la Era Mesozzoica. La exploración de zonas recónditas, perdidas entre las montañas o en densos bosques, puede ser difícil y tediosa, pero muchas veces las recompensas son enormes, como ocurrió en esta montaña tan especial de la Patagonia chilena.  

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